DE LA PANDEMIA, A LA ANESTESIA Y OLVIDO.

DE LA PANDEMIA, A LA ANESTESIA Y OLVIDO.

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LITERATURA/

Resultado de imagen para poeta Rafael Argullol“Primero hubo vagos rumores, luego incertidumbre y desconcierto; finalmente, escándalo y temor”. Estas palabras son el inicio de La razón del mal , la novela con la que el pensador, narrador y poeta Rafael Argullol –también catedrático de Estética– ganó el Premio Nadal en 1993. Se trata de un título que Acantilado reeditó, con éxito, en 2015, y una de las obras más citadas en Italia (allí se publicó hace un par de años) desde que el coronavirus apareció con toda su virulencia.

el autor en medio de la crisis, cuando el contagio en España es de tal envergadura que el Gobierno se ha visto obligado a declarar el estado de alarma. Todo va muy rápido, todo es urgente, pero sin embargo las amenazas a la seguridad y a la libertad –las que pueden sacar lo mejor y lo peor del ser humano– siempre han formado parte de la historia de la civilización. Y nosotros, nos guste o no, no somos una excepción.

El proceso de contagio en la novela es similar al que estamos padeciendo. Estamos ante una situación radicalmente nueva, pero también ante una cronología conocida, la de las grandes pandemias.

El Decamerón ya está vinculado a la peste negra (que golpeó Florencia en 1348). Y, mucho antes, podemos recordar que Lucrecio, en De rerum natura, dedica los momentos más geniales del poema a hablar de la peste en Atenas. La idea secular de epidemia es una realidad que conocemos desde hace milenios. Pero es que la epidemia, además, siempre tiene algo de simbólico. Tanto desde un punto de vista espiritual como metafísico.

Límites

“Las epidemias colocan las ciudades al límite, y les exige definirse respecto a los comportamientos éticos”

Sí, por eso, físicamente, los hospitales infecciosos –sea el de Venecia o el de Barcelona– siempre han estado en el límite de la ciudad. Las epidemias colocan las ciudades al límite, y les exige definirse respecto a los comportamientos éticos.

Resultado de imagen para poeta Rafael Argullol¿Por qué es tan importante la memoria –incluso la literaria– en estos casos? ¿Nos sirve para relativizar el estado de excepcionalidad?

En el fondo, en la literatura sólo han funcionado dos grandes esquemas: el viaje y la epidemia. En el esquema epidémico –que también contempla la guerra– encerramos a toda una sociedad en un espacio y, a partir de aquí, analizamos la naturaleza humana.

La experiencia del viaje ha sido fundacional para su obra. ¿Cree que lo que está pasando con el coronavirus pone en crisis el relato de la globalización como una forma de movilidad y emancipación?

Lo que está sucediendo nos puede llevar a una determinada criba moral, a una transformación espiritual, pero también puede pasar que nos conduzca a una cierta tendencia a la anestesia y al olvido.

Transformación

“Lo que está sucediendo nos puede llevar a una transformación espiritual, pero también puede pasar que nos conduzca a una tendencia al olvido”

 

La ciudad de la novela es una ciudad próspera. Eso es lo que dicen todas las estadísticas. ¿Esa sociología de la encuesta, a veces autocomplaciente, nos ha invitado a ignorar que la vida es siempre sinónimo de vulnerabilidad?

Sí, y ahora está pasando algo muy grave. Algunos jóvenes están respondiendo que los que morirán son ya viejos. Por eso la movilización ha de centrarse en hacer ver que la falta de responsabilidad individual puede llevar a la muerte de los demás. Y esto cuesta mucho en una sociedad, como la española, tan poco acostumbrada al sacrificio, y a su carácter redentor. Hemos de tener en cuenta que la mayoría de generaciones no han participado de ninguna guerra. Y lo grotesco puede superar al sacrificio. Como cuando algunas personas se fueron a la costa, abandonando un foco de máximo de contagio como era Madrid. O, incluso, cuando alguien anunció una fiesta para celebrar la llegada del coronavirus.

La primera medida de los gobernantes, en ‘La razón del mal’, es ponerle nombre a los enfermos, a los que bautizan como “exánimes”. Lo que no se nombra se convierte en innombrable. Algo así, al principio, ha pasado con el coronavirus.

Nombrar es poner palabra, pero también es poner verdad. Con el coronavirus decían que era algo de China, una especie de gripe… Hemos tardado demasiado en llamar la epidemia por su nombre.

El ‘confinamiento’ es otra palabra que, rápidamente, ha colonizado nuestras vidas.

De repente, palabras ambiguas o prohibidas, estallan. Ahora hablamos con total normalidad de alerta, emergencia, exilio, confinamiento, o bloqueo. Este vocabulario concentra en la ciudad lo que ya estaba presente en el mundo. Mientras llegaba el coronavirus, sabíamos que en la frontera entre Grecia y Turquía estaban ocurriendo todo tipo de horrores.

 

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