EDITORIAL/AÑO DEL BICENTENARIO

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Solo la mención está cargada de un profundo sentido histórico y conmemorativo, pues el 2019 como se sabe, es el año del bicentenario de nuestra independencia del coloniaje español: momento para celebrar la gesta patriótica con la que el ejército liderado por Simón Bolívar, conquistó por fin, luego de una cruenta guerra, la independencia de nuestro país, sellada con la batalla del Puente de Boyacá, el 7 de agosto de 1819. No es, sin embargo, solo una celebración la que los colombianos estamos llamados a conmemorar este año, aunque de más está decir que los motivos sobran para que dicha evocación exhiba un tinte festivo y entrañable. La historia patria, que tantas veces parece solo una asignatura olvidada del sistema escolar, tiene el propósito de inculcar el apego colectivo por los rasgos esenciales de nuestra identidad nacional.

Pero para que ello sea así, es preciso que la sociedad toda, empezando por las autoridades, la escuela y la academia, los medios de comunicación, los artistas y los creadores, etcétera, trascienda el marco solemne y pomposo de las fiestas y los actos, y los llene de un sentido reflexivo en el que el relato y la comprensión del pasado, con todos sus problemas y matices, sean también una oportunidad para pensar mejor lo que está por venir, el futuro, nada menos. Es justo en esta dirección adonde apunta el sentido que el actual gobierno debería darle a esta fecha tan importante: comprender el pasado, para solucionar problemas del presente y proyectarnos como nación hacia el futuro. Esa es la importancia del bicentenario, para decirlo claramente: que en él hay una ocasión inmejorable, simbólica y única para repensar y examinar lo que hemos sido como sociedad en doscientos años de vida republicana, y a partir de allí, con nuestros logros y tareas pendientes sobre la mesa, proyectarnos hacia el futuro con los nuevos retos que el mundo contemporáneo nos plantea. Este es un hermoso desafío que, por sí solo, justifica todos los esfuerzos que se hagan para asumirlo bien.

Sobre todo en un momento de nuestro país en el que, además, cunden el desánimo y la polarización, y donde afloran las pasiones más enconadas a propósito de casi cualquier tema que se plantee en el terreno siempre agitado de lo público. Y así debe ser, ese es otro legado sagrado de esa tradición republicana que en 1819 ganó su batalla principal, al menos entre nosotros: el legado de la discusión y el debate, el legado de la democracia.

Pero si nos reflejamos en el espejo de 1819, nos encontraremos con una sociedad que venía de varios intentos fallidos por consolidar el proyecto político de la independencia. Una sociedad a la que la guerra había privado de sus mejores recursos y, sobre todo, de sus mejores hombres. Y, aun así, fue esa misma sociedad, unida en el sacrificio y el propósito común, la que logró derrotar al ejército más poderoso del mundo en ese momento, el español.


Se nos olvida con frecuencia, pero la gesta de independencia de lo que hoy llamamos Colombia, gesta que culmina en Boyacá, se peleó en las condiciones más precarias por un ejército con las uñas, el nuestro, que logró doblegar las tropas de Fernando VII, las mismas que acababan de ganarle su propia guerra de independencia a Napoleón Bonaparte en España. Esa es la medida de lo que se obtuvo en 1819. Gracias al liderazgo arrollador de Simón Bolívar, sin duda, pero también al sentido esmerado del orden y la eficacia que tenía Santander: dos conductores muy diferentes entre sí, cada uno dentro de sus propias dimensiones históricas, pero unidos en el mismo objetivo de salvar la patria.

Batalla del Puente de Boyacá el 7 de agosto de 1819

Por eso la celebración del Bicentenario en este 2019, cuya programación aún se desconoce, debe servirnos no solo para recordar las batallas, sus fechas, a los héroes y heroínas, las frases, los actos y el itinerario de salida y llegada de la gran gesta emancipadora, sino que debe servirnos, repetimos, para que el pasado nos deje ver mejor nuestro presente y sobre todo nuestro futuro.

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